Aprender a acompañarse

Hay una pregunta que aparece con frecuencia en terapia: ¿qué hago con esto que siento?
La ansiedad, la pena, la rabia, la culpa o el miedo suelen vivirse como algo que hay que sacar del camino cuanto antes. Queremos entenderlo, resolverlo o dejar de sentirlo. Y cuando eso no resulta, aparece una segunda dificultad: empezamos a desesperarnos por no poder dejar de estar mal.
Con el tiempo he llegado a pensar que una parte importante de la psicoterapia consiste en aprender algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil: acompañar la propia experiencia. No hablo de resignarse ni de soportarlo todo con paciencia, tampoco de observarse desde lejos o repetirse que hay que aceptar lo que ocurre.
Hablo de algo más cotidiano: dejar de escapar de uno mismo.
Hay personas que conocen muy bien sus explicaciones. Saben de dónde viene su ansiedad, por qué reaccionan como reaccionan, qué ocurrió en su infancia. Y sin embargo, cuando la experiencia vuelve a aparecer, siguen sintiéndose completamente solas frente a ella. Comprender no siempre significa habitar. Uno puede saber muchas cosas sobre sí mismo y aun así no saber cómo permanecer junto a lo que está viviendo.
Creo que la psicoterapia va construyendo lentamente esa capacidad, y no porque el terapeuta entregue una respuesta brillante o aparezca una interpretación definitiva, sino porque, sesión tras sesión, una persona empieza a permanecer un poco más cerca de lo que siente sin necesitar expulsarlo de inmediato, explicarlo todo o corregirse.
Ahí empieza a reconocer matices que antes pasaban inadvertidos: que la ansiedad nunca era exactamente la misma, que la tristeza cambiaba de forma, que el miedo tenía una historia propia, y que incluso lo que parecía más insoportable podía habitarse durante unos instantes sin quedar del todo atrapado en ello.
Poco a poco pasa algo curioso: la persona deja de sentirse una extraña para sí misma. Se vuelve más familiar. No porque desaparezcan los momentos difíciles ni porque se alcance una especie de equilibrio permanente, sino porque ya no necesita huir cada vez que aparece una parte de su experiencia que no comprende del todo.
Quizás una de las formas más profundas de sufrimiento sea justamente esa: vivir como un desconocido para uno mismo. Y quizás una de las tareas más silenciosas de la psicoterapia sea acompañar a alguien hasta que pueda empezar a hacerse compañía — no para quedarse encerrado en sí mismo, sino para que, incluso en medio del dolor, vuelva a sentirse en casa dentro de su propia vida.


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