Cuando lo que hacemos se convierte en un veredicto sobre quienes somos
- Fabiola Narváez
- 18 jul
- 3 min de lectura

Hay momentos en que una conducta deja de ser algo que hicimos y empieza a parecer una prueba de quiénes somos.
No cumplimos con algo que nos habíamos propuesto y pensamos que somos irresponsables. Bebemos más de la cuenta y concluimos que somos débiles.
Postergamos una tarea y ya no vemos algo que nos está costando: vemos flojera. Basta una falla para que adquiera el peso de una identidad.
¿Por qué nos juzgamos con tanta dureza a partir de una sola conducta?
El paso ocurre sin que lo notemos. De «hice algo que no me gusta» pasamos a «hay algo mal en mí». La conducta deja de ser un acontecimiento situado —atravesado por circunstancias, emociones y contradicciones— y se convierte en un veredicto sobre nuestro carácter. No solo creemos haber cometido un error: creemos haber descubierto una verdad sobre nosotros mismos.
Ese movimiento tiene algo de juicio moral. No decimos que una conducta fue inconveniente o contraria a lo que queríamos. La interpretamos como señal de falta de voluntad, inmadurez, debilidad, egoísmo o incapacidad. El problema ya no es lo que ocurrió, sino la clase de persona que creemos ser por haberlo hecho.
Entonces aparece la urgencia de corregirnos. Buscamos métodos para ser más disciplinados, más regulados, más productivos. Diseñamos rutinas, hacemos promesas, nos imponemos restricciones. Todo parece orientado a impedir que esa conducta vuelva a aparecer. Pero pocas veces nos preguntamos qué estaba ocurriendo en nuestra vida cuando apareció.
¿Qué estaba intentando aliviar al beber de ese modo? ¿Qué había en esa tarea que no podía enfrentar? ¿Qué me retiene en un vínculo que me hace sufrir?
Estas preguntas no nos eximen de responsabilidad. Comprender una acción no borra sus consecuencias ni la justifica; permite reconocer que una conducta no surge en el vacío y que condenarnos no equivale a conocernos.
La condena suele cerrar demasiado pronto aquello que todavía no entendemos. Cuando decimos «soy floja», la pregunta parece resuelta y ya no necesitamos explorar el agotamiento o el miedo al fracaso que puede haber detrás de la postergación. «Soy tóxica», «soy dependiente»: una palabra parece explicar toda una historia y nos evita la dificultad de mirar cómo hemos aprendido a relacionarnos.
Una identidad negativa duele, pero también ordena la experiencia y le da una causa aparente: si el problema soy yo, entonces la solución parece consistir en corregirme. Es menos inquietante pensar «no tengo voluntad» que admitir que no sabemos por qué repetimos algo que nos daña.
A veces, lo que llamamos identidad es una interpretación de nuestra conducta que, a fuerza de repetirse, se ha endurecido. Alguien puede actuar con cobardía sin ser cobarde en cada dimensión de su vida. Puede fracasar sin convertirse en un fracaso.
Somos también lo que hacemos, sobre todo cuando lo repetimos y cuando afecta a otros. Pero entre negar la responsabilidad y convertir cada conducta en una esencia hay un espacio más amplio: el de comprender cómo llegamos a actuar así y qué revela esa acción sobre el momento que estamos viviendo.
Ese desplazamiento cambia la relación que mantenemos con nosotros mismos. No es lo mismo decir «soy incapaz de sostener nada» que «hay algo que no estoy pudiendo sostener». La primera frase clausura; la segunda abre una pregunta.
Quizás uno de los mayores sufrimientos no provenga de lo que hacemos, sino de la velocidad con que lo convertimos en una definición de nosotros mismos. A partir de ahí ya no intentamos comprender una vida, sino reparar una falla. Cada nueva dificultad confirma el veredicto anterior; cada recaída parece revelar que, en el fondo, no hemos cambiado.
A la psicoterapia también se llega a veces buscando una sentencia más precisa: qué tengo, por qué soy así, qué debo hacer para dejar de serlo. Pero antes de transformar una conducta en diagnóstico o defecto, vale la pena reconstruir la experiencia en la que esa conducta se hizo posible: qué se estaba viviendo, qué se temía perder, qué se intentaba aliviar, resolver o proteger.
A veces comprendernos exige abandonar la pregunta «¿qué está mal en mí?» y sustituirla por otra menos concluyente:
¿Qué me estaba ocurriendo para que esto fuera posible?
No siempre hay una respuesta tranquilizadora. Puede haber responsabilidad, daño y decisiones que necesiten repararse. Pero incluso entonces hay una diferencia entre asumir lo que hemos hecho y condenarnos a serlo para siempre.
Tal vez una vida no se comprende acumulando definiciones sobre quiénes somos, sino aprendiendo a permanecer un poco más ante lo que hacemos antes de convertirlo en una identidad.
No para evitar el cambio, sino para que el cambio no nazca únicamente del desprecio por nosotros mismos.

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